Guadalupe Orona Urías
Mientras los mexicanos, pero sobre todo los jóvenes, no logremos conocer y dilucidar todo el deterioro que sufren nuestro país y el mundo entero, seguiremos siendo víctimas, pero lo peor, víctimas resignadas o incluso defensoras de la clase social o de las élites del poder que nos tienen en esta situación. Desconocedores de la realidad y externando nuestras inconformidades o frustraciones a través de acciones que nada resuelven y, en muchos casos, que nos desvían de la problemática social fundamental, desviando nuestro interés hacia cosas banales e incluso, buscando sustraernos de la realidad a través de las drogas o el alcohol; quienes nos manipulan pretenden que nuestras mentes estén ocupadas en las redes sociales, en temas triviales o poco o nada educativos, más bien todo lo contrario, degradantes y enajenantes.
En la historia de la humanidad, cuando surge el Estado como forma de control y de opresión de la clase gobernante, aparece también, inmanente a su naturaleza, las formas de dominio del ser humano, de la clase a la que se debe controlar y someter para que trabaje, actúe y se comporte conforme a sus intereses; aparece y se encumbra “un grupo reducido de personas con la capacidad de decidir cómo se organiza el poder, qué se considera legítimo y qué tipo de futuro es imaginable”.
Así, emerge un tipo de leyes, de moral, de ética, de educación y de “valores” e instrumentos ideológicos acorde con el objetivo principal, a saber: la máxima ganancia y una clase trabajadora sumisa, y para alcanzarlo ponen en marcha todos sus dispositivos. Un logro fundamental para la supervivencia del régimen capitalista, con los menos sobresaltos posibles, es hacer que todos sus “valores” e ideas sean asumidas por la población como suyas, aunque estos vayan en contra de los propios intereses de las mayoría trabajadora, creadora de esa riqueza social que se apropian las élites del país y los gobernantes.
A través de todos esos mecanismos dispuestos para lograr la manipulación ideológica del pueblo, no es de extrañar que muchos mexicanos, algunos quizás, inconscientes de ello, se sumen abiertamente a las políticas e intereses de las clases poderosas o de los gobiernos en turno defendiéndolos, incluso, en contra de sus propios intereses y seguridad. Por ejemplo, cuántos ciudadanos se declaran en contra de las manifestaciones públicas de los sin casa, de aquellos que, a pesar de haber trabajado toda su vida de sol a sol, nunca les ha alcanzado para hacerse de una vivienda propia; prácticamente les lanzan a la cara, como hacen el rico o el gobierno: ¡no tienes casa por flojo! ¡Quieres que todo te lo dé el gobierno!
Dichas opiniones, privadas o públicas, en los hechos van en contra, por ejemplo, de la exigencia de un programa de vivienda popular que realmente ayude a resolver el problema a los millones de mexicanos sin casa y, por lo tanto, se muestran a favor de la especulación inmobiliaria y de la tierra; que la vivienda digna (no hablo de las pichoneras que promueve el oficialismo estatal o federal) siga siendo inalcanzable. Asimismo, sin aceptarlo explícitamente, cuando de la salud se habla, se expresan con opiniones similares: “no tienes para curarte o curar a tu familia porque no trabajas ni ahorras lo suficiente” o bien, ¿cómo te va a alcanzar lo que ganas si tienes muchos hijos, o te lo gastas en cervezas, etc.?
Así, se logra que el pueblo, la masa trabajadora se muestre ajena a las necesidades e intereses de su propia clase, pues es víctima de la enajenación y de la manipulación ideológica, como lo señaló el filósofo marxista, Antonio Gramsci: “La sociedad está por encima del individuo, crea normas y valores que moldean el comportamiento individual”. Es decir, que “la vida de los ciudadanos comunes suele desarrollarse dentro de los marcos de valores promovidos por las élites, lo que produce apatía, resignación y una aceptación pasiva del orden existente, porque las élites no solo controlan las políticas públicas en términos materiales, sino también el terreno simbólico y discursivo desde el cual se define qué es deseable y qué no” (Mexicosocial.org). Esta política mediática consigue algo fundamental: aceptar que siempre ha habido explotación del hombre por el hombre, que siempre se impondrá el más fuerte y que siempre ha habido pobreza; por lo tanto, “la desigualdad es algo normal, inevitable y, en última instancia, aceptable”.
Obviamente, con el desarrollo de las fuerzas productivas también se han operado cambios, no solamente en la manera de producir mercancías, sino también para lograr el dominio y manipulación de la población; ahora “el poder ya no se ejerce únicamente a través de la propiedad clásica de los medios de producción, sino también mediante el dominio de plataformas que organizan la comunicación, el comercio y la interacción social a escala global debido a la revolución tecnológica”.
Así que: “Preguntarnos por qué pensamos como pensamos no es un ejercicio abstracto. Es el primer paso para entender cómo los valores de unos pocos terminan gobernando la vida de las mayorías, y para imaginar, quizá, que otras formas de organizar la sociedad no solo son posibles, sino necesarias”. Pensar cómo piensan las élites del poder es acabar con la esperanza de un mundo mejor, de lo “inútil” que es luchar para acabar con la desigualdad y la pobreza; obviamente los antorchistas estamos seguros de que un mundo mejor sí es posible, que sí es realizable un verdadero cambio y transformación social en beneficio de las inmensas mayorías con la única condición de organizarse, educarse y lucharpara lograrlo.
Pachuca de Soto, Hidalgo, a 14 de febrero de 2026

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