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La caridad y el altruismo, ¿resolverán la pobreza?

En el ensayo de Oscar Wilde, publicado en 1891, El alma del hombre bajo el socialismo, queda plasmado su humanismo y su interés por un mundo mejor; su agudísimo ingenio y su erudición quedan de manifiesto en esta obra, una de las más controvertidas y polémicas, donde concibe un socialismo poco ortodoxo, pero deja clara su comprensión de la doliente situación de la humanidad y busca alternativas; critica severamente la caridad, el altruismo, así como el discurso hipócrita de los señores del dinero.

Plantea Wilde, como lo han hecho otros grandes pensadores, en el caminar de la historia de la humanidad, el problema de la pobreza, de la injusta distribución de la riqueza y la falsa salida promovida por los dueños del capital y aplicada, incluso, hasta por gente de buena fe, a quien la pobreza de sus semejantes conmueve y duele: “… Es inevitable que se conmuevan, al verse rodeados de tan tremenda pobreza, tremenda fealdad, tremenda hambre”. Expone que: “En el hombre, las emociones se suscitan más rápidamente que la inteligencia […] es mucho más fácil solidarizarse con el sufrimiento que con el pensamiento”. De esta forma, dice, “con admirables, aunque mal dirigidas intenciones, en forma muy seria y con mucho sentimiento, se abocan a la tarea de remediar los males que ven. Pero sus remedios no curan la enfermedad: simplemente la prolongan. En realidad sus remedios son parte de la enfermedad”.

Y ciertamente, en la actualidad, podemos comprobar que dichas aseveraciones son tan válidas, como lo fueron, incluso, en la sociedad esclavista y en la época que le tocó vivir a Oscar Wilde: el hambre, la pobreza no se han acabado, pues como plantea el mismo Wilde al inicio de su obra, impera “la sórdida necesidad de vivir para otros…” Es decir, existe la imperiosa necesidad, en este sistema de producción capitalista, de vivir y trabajar para otros. Y mientras exista esa “obligación”, existirá, necesariamente, la pobreza, pues la riqueza producida se concentra en los dueños del capital.

Igualmente, sigue siendo tan cierto, como antes, que la caridad no resuelve la pobreza; al contrario, la prolonga y degrada al individuo; hoy la caridad se ha institucionalizado en limosna oficial; así, se mantiene a través de las ayudas monetarias, la idea en la población que la recibe de que tiene una “ayuda”, un “apoyo”, que su gobierno “es bueno”; pero no logra entender que así no se resuelve de raíz su situación de pobreza; que esa “ayuda”, así como llega, el beneficiado se la come y queda prácticamente igual, esperando el próximo depósito en su tarjetita para medio atender sus necesidades de alimentación, salud, transporte, etc. Pero, además, el “beneficiado” no se ha dado cuenta de que a cambio de esa limosna oficial le quitaron todo lo demás a lo que tenía derecho: el derecho al acceso a la salud, a tener a sus hijos en guarderías, las Escuelas de Tiempo Completo, servicios públicos de calidad en su colonia o comunidad, el derecho a la seguridad y a vivir sin violencia; agregándole, todavía la humillación de tener que negociar su libertad y democracia (su voto) a favor del partido en el poder. La caridad particular u oficial no enseña al hombre a luchar, a rebelarse a su degradante situación, lo vuelve conformista.

En el ensayo de referencia, Oscar Wilde dice que “… no puedo comprender que aquel a quien esas leyes destrozan y hacen horrible la vida, pueda estar de acuerdo con que las mismas continúen”; pero él mismo se acerca a la explicación de dicha situación: “Es simplemente que la miseria y la pobreza son tan absolutamente degradantes, y ejercen un efecto tan paralizante sobre la naturaleza humana, que ninguna clase (o sea, la clase de los desposeídos-GOU-) tiene realmente conciencia de su propio sufrimiento. Debe decírselo otra gente, y con frecuencia son absolutamente incrédulos”. Y esa gente, a quienes él llama agitadores, yo los llamo educadores; él dice que: “Los agitadores son un conjunto de personas que interfiere, que perturba, que llega a una clase perfectamente contenta de la comunidad y siembra en ella la semilla del descontento. Es por esta razón que los agitadores son tan absolutamente necesarios. Sin ellos, en el estado incompleto en que nos hallamos, no se produciría adelanto alguno hacia la civilización”. Un pensamiento, sin duda, muy cercano a la realidad, y no procede propiamente de un marxista. Quizás no sea exacto decir, como lo hace Oscar Wilde, que esa clase a la que llegan “los agitadores” sea una “clase perfectamente contenta”; es, desde mi punto de vista, una clase enajenada e indefensa, que no puede, por sus mismas circunstancias, atalayar una salida.

Son los educadores del proletariado quienes deben explicar la causa de tan degradante situación y también la solución; debe explicarse a los trabajadores, al pueblo, hacerles conciencia de ello y llamarlos a organizarse y educarse para formar el verdadero partido del pueblo mexicano y así asumir las riendas de la nación en beneficio de los productores de la riqueza nacional; sin esos educadores, sin esos seres capaces de ir a cada rincón de nuestra patria aun a costa de su vida, como lo hicieron Conrado y Mercedes, no habrá “adelanto alguno hacia la civilización”, hacia un futuro luminoso donde se puede vivir como verdadero ser humano, civilizado, libre de hambre y de enfermedades curables, con trabajo, educación y cultura. Y, aunque exista esa incredulidad de la que habla Wilde, no hay otra opción.

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